Manifiesto

La transmisión del testigo

Ars Marionetística nació una tarde de marzo de 1995.

El maestro Tozer, como de costumbre, me recibió con una sonrisa amable y vivaz. Su presencia me infundía cautela y respeto, pero en su ámbito me desenvolvía con la confianza y familiaridad que mis visitas diarias y su generosidad me otorgaban. Él nunca perdía su correcta compostura británica y aquella tarde apareció ataviado con un traje gris claro, camisa blanca, coronada con un corbatín azul cobalto salpicado de diminutos topos blancos, que contrastaba con la armilla abotonada que entallaba con elegancia su enjuto pero largo torso. Su figura, como dibujada, quedaba rematada por el cuidado lustre que lucía la piel negra de sus zapatos.

Cuidar el detalle hasta ese extremo no era un hábito protocolario, sino que formaba parte de una especie de ritual. Tenía el don de la serenidad y el poder de transformar una visita rutinaria en un buen rato de conversación transcendental. El té humeante y el sugestivo aroma de la fina repostería de Stasha Smura invitaban, como siempre, a la liturgia iniciática Aquella tarde el maestro mostró un tono melancólico poco habitual en él. Recordaba sus años de docencia (Institut del Teatre de Barcelona, 1973/90) como los mejores de su carrera, incluso más que en su época de mayor producción con “Marionetas de Barcelona”, en los años cincuenta del siglo pasado. Comentaba que a su avanzada edad, ya no era demasiado optimista. Dudaba de hasta qué punto y de qué forma su maestría estuviera transmitiéndose a las nuevas generaciones por parte del poco más del centenar de alumnos que llegó a tener. Era el significado de su vida. Más de setenta años dedicados a la investigación y divulgación de la escuela angloamericana dio para algo más que hacer bailar con cierta gracia una pareja de marionetas.

Él me contó que le angustiaba una imagen que se repetía en sus sueños, la imagen de sus criaturas expuestas, colgadas del techo o de algún artilugio, y que su fin era, únicamente, el de la quietud, el de la engañosa belleza inánime de un objeto. Le aterraba que sus vivarachos personajes quedasen atrapados en vitrinas con gesto congelado, criogenizado o como queriendo aguantar la respiración eternamente.

Hacía ya bastante tiempo que el Maestro me había contagiado el virus del que fue portador durante toda su vida. Faltaba crear la maquinaria perfecta para inocularlo, para transmitir la enfermedad. A esa maquinaria la bautizamos aquella misma tarde como “Ars Marionetística. Y la idea inicial de Ars Marionetística fue demostrarle que el virus que contrajo y que durante tantos años se había empeñado en transmitir, se estaba extendiendo lenta pero paulatinamente. La primera propuesta fue promover encuentros en su entorno con discípulos directos o indirectos, algunos de ellos en activo profesionalmente en aquel momento.

Lo siguiente fue crear el acto donde el Maestro hiciese entrega simbólica del mando (como Tozer llamaba al control o aparato donde se fijan los hilos que facilitan el movimiento del títere). Y así ocurrió el mes de mayo de 1995 en Gavà, dentro del V Festival Internacional. En manos de los que allí nos reunimos y le rendimos homenaje, estaba ponerle hilos a la gestión de la “herencia” que nos dejaba. Y no la “herencia” precisamente física, ya que no estaba en sus manos ni dependía de él. El Maestro cuando hablaba de la herencia, se refería a aquella que no se puede guardar en baúles, ni catalogar, ni mercantilizar y ni mucho menos privatizar. Hablaba de la herencia de usufructo mancomunado, de aquella que se pueda compartir de forma universal, la que pasa de taller a taller y de mano en mano, la que pueda ser contagiada por aquellos que son portadores del virus incurable del arte marionetístico.
Esa es la herencia, el oficio.